martes, 28 de octubre de 2014

Yo tenía novia, y ella estaba disponible. Yo estaba emocionalmente estable, y ella acarreaba dolores. Yo tenía 21; y ella, 17. Pero a mí me gustaba The Cranberries, y ella también. Yo alguna vez me había robado el disco, y ella recién los conocía. Algo nos unía. Algún enlace había entre mis impulsos delictivos y su afán de conocer buena música. Ambas estábamos enamoradas del mismo disco. Ambas nos enamoramos mutuamente. 

Hace poco alguien me preguntó sobre ésto, algo le conté, luego llegué a casa y reformulé la historia para contarla acá.
Ambas estábamos iniciando el curso de ingreso de la universidad. Creo que no llevábamos ni una semana de cursar. No estábamos en el mismo aula, ni en la misma carrera, y solo nos dividía una pared. No estábamos buscando nada y sin embargo nos estábamos buscando. Capaz que simplemente no nos teníamos que conocer. Así y todo, nos conocimos en un momento en que realmente no nos necesitábamos y éramos tan inmaduras (y se sostiene en el tiempo, en mi caso); si nos hubiéramos conocido ahora seguramente las cosas hubieran tomado otro rumbo totalmente distinto. Aunque es probable que no nos hubiéramos gustado. Sin embargo, y ahora caigo... ahora tampoco nos necesitamos.

Ese día estaba yo en el receso, merodeando en los pasillos, forzando inútilmente una charla con una compañera que apenas me daba la hora. Me aburría sobremanera. Me distrajo la chica que estaba sentada sola cercana a nosotras. Apenas podía ir lo que se me decía. Ella estaba escuchando música con sus auriculares, y tenía una campera negra que aún recuerdo. No sé qué fue pero algo me atrajo de ella instantáneamente, y apenas si la estaba mirando. Fue la atracción ineludible de un imán. Sé que ella de cierta manera estaba escuchando la conversación insustancial que mantenía con mi compañera. De forma inconsciente, traté de llamar su atención, y lo logré. De un segundo a otro, se había sacado sus auriculares y me estaba hablando. En dos minutos de conversación, ya teníamos cosas en común y ya habíamos quedado en vernos el domingo siguiente. No sé qué fue eso, pero puedo jurar que nunca estuve tan segura de que eso no moría ahí. No agendamos números de celular, no nos pedimos ningún otro medio de contacto, creo que ni siquiera sabía su nombre, nadie se aprende su nombre tan fácilmente. Solo ya sabíamos que el domingo nos íbamos a ver, y era un hecho. No pactamos ni siquiera horario ni lugar fijo de encuentro. No hacía falta nada de eso. Ya no iba a existir esa pared que se interponía en el medio de ambas. Simplemente ella sabía donde iba a encontrarme, y me encontró. Estábamos escribiendo el principio de una historia, y las historias nunca terminan bien. No las reales.

Nunca estuve tan segura en la vida como cuando estaba con ella. Con ella sabía dar un sí, sabía dónde estaba parada y sabía a dónde me dirigía. No tenía que dudar. Ahora dudo de todo, hasta de mí misma. Dudo cuando camino, cuando me miro al espejo, dudo del pasado, de todo lo que me dijo, y dudo que hayamos podido estar juntas. Dudo de cuánto nos soportamos actualmente al estar ambas en una misma habitación. Dudo cada vez que la despido, y pienso si esa será la última vez en vernos. Dudo de cuál es la forma adecuada para despedirla por si eso pasa, y un miedo agudo me perfora el cerebro si lo sigo pensando. Si la abrazara, podría morir; y no quiero que ella se ría de mí.

A las dos semanas, estábamos en un antro de mala muerte y nuestro primer beso se deslizó entre tequilas y un sillón todo rotoso. Porque con un tequila, nunca nada malo puede pasar. O a veces, todo lo contrario. Creo que conservo una foto de esa noche, de un beso nuestro, de alguien que nos sacó sin nuestro consentimiento. Por ella yo empecé a tomar. Yo no era así, ahora soy un desastre. El domingo volví de una fiesta, terminé en el aeropuerto y me di cuenta que tenía una botella de ron entre mis cosas. Canté karaoke como una loca y conocí una chica acomplejada que se definía como un chico gay. Me voy de tema porque ya no quiero recordarla, o porque ya no me importa. Como sea, hoy casi ya no puedo tomar tequila como antes. No sé si es por culpa de los estragos que ha hecho el tequila en mí, o los estragos que hizo ella, en mí.

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